sábado, julio 01, 2023

Para Irene Arica Castañeda, de su nieto más amado

Recíbeme abuelita, soy yo el más engreído
 
Enrique Verástegui




Abuelita te fuiste cerca de la medianoche, y aquí estoy sin saber a donde ir, distraido y perdido en mis pensamientos, dando vueltas por las avenidas repletas de almas desesperadas, luchando contra el tráfico, ahogando el llanto, porque yo no lloro abuela.

No quiero estar sin ti y caminar por las calles atrapado por el dolor de tu ausencia. Abuelita sujétame contra tu pecho y protégeme de mí mismo, no dejes que la oscuridad que habita en mí me devore. 

Soy yo abuelita, tu Miguelito, tu nieto más amado, ese que llega tarde, que se pierde sin rumbo, que ama los versos, las botellas, el que pelea con los mas rudos, el que ama las noches de bohemia inacabables, ese al que veías llegar al amanecer por la ventanita de tu cuarto, al que le dabas botellas de vino de contrabando, soy yo, tu nieto el más engreído. 

Te fuiste de tu casa, cuando ya abrazabamos la madrugada, y el frío había quebrado nuestros corazones, nunca más pude preguntarte quien era tu nieto favorito, a quien amabas más, ya no pude escuchar la respuesta que siempre me dabas: mi miguelito.

Y me embarga la nostalgia, y me acuerdo cuando hacia tus recados, y me dabas 3 soles para ir a pagar el teléfono en la av sucre, o cuando iba al centro cívico a pagar los arbitrios, porque siempre querías que todas las cosas de tu casa estén en orden, y mi bicicleta y yo íbamos por todas partes con mi walkman escuchando rock argentino. 

Pero ahora fuiste tú quién salió hacer el último recado, pero ya no hay música, ni nada que pagar. Esa noche mi hijo tomó la mantita celeste que le tejiste y mi mientras dormía atravesaste los laberintos del dolor y la muerte tembló al verte. 

Enredamos tu rosario entre tus manos, te pusimo los aretes que te regaló alguna vez tu hija Irene, y allí estabas detrás del frío cristal del ataúd, con tu vestido rojo, y mi padre te miraba sin decir palabra alguna, ya en sus ojos también había vejez. 

Te vimos cruzar por última vez el umbral de tu casa, un primero de Julio, eran casi las 2 de la mañana. Una enorme ave sobrevoló la calle. Para entonces las rosas de la entrada de la casa ya habían empezado a morir.